Lukas 2.9

Minah | Lukas | Saturday, 08 September 2007

Os dejo otro capítulo de las aventuras de Lukas y Silvia… que por cierto, me dijeron el otro día que menudo cantazo los nombres, por el tema de los Hombres de Paco, jajaja! yo también me quedé pillada, no he visto esa serie en la vida! jaja. Ironías del destino, porque mira que hay combinaciones de nombres.

Callados os quedastéis en el anterior ¿¡glup!? jajaja, aunque me gusta mucho saber que pensáis, también tiene su aquel saber que os habéis quedado sin palabras ;) Dentro de unas horas colgaré el siguiente capítulo, se complica la trama! Si eres nuev@ en el blog y no sabes de que va toda ésta historia, te recomiendo que empieces por el principio [Lukas y Silvia].

Cuando me desperté ya no estaba, me había dejado una nota encima de la mesita: “Me ha costado mucho dejarte de madrugada y más sabiendo que no podía verte despertar dulcemente entre mis brazos, sino que te encontrarías esta fría nota. Te hubiera hecho el amor una y otra vez, al despuntar el alba y durante todo el día, pero no quiero que me vea nadie salir de tu casa por la mañana, además tu nuevo escolta madruga demasiado. Te llamaré cuando salgas a comer. ¿Te he dicho alguna vez que te quiero? Cuídate mucho.”

Acaricié las letras con los dedos y suspiré. No había dormido ni 4 horas. Me di una ducha, desayuné y me fui a trabajar. Qué pereza, me encantaba la propuesta de Lukas para pasar el día. Le llamé por sorpresa a mitad de mañana, en el descanso del desayuno:

- ¿Cómo estás cielito? – le dije.
- Pues ahora que te oigo sonriendo, y seguro que como un tonto, no me esperaba esta sorpresa. Tienes una voz muy bonita, ¿no te lo había dicho nunca?
- No… esto, que me estoy poniendo roja por momentos. ¿Qué tal tu mañana?
- Pues hace días que no estoy muy bien, no te he dicho nada para no preocuparte, he ido al médico y me han estado puteando un rato, que si te sacamos sangre, que si mira un panel y tápate un ojo, … ya sabes. Encima la enfermera, una señora ya mayor, siempre que podía me metía mano, ha sido horrible Silvita.
- ¡Jajaja! Pobre mártir, pero… ¿y lo contenta que se ha ido esa mujer a su casa? ¿No lo has pensado?
- Yo sólo pensaba que como cogerme la bata para que no se me viera nada.
- ¡Jajaja! Bueno, pongámonos serios, y porque no me habías dicho nada, ahora me quedo preocupada. ¿Qué es lo que te pasa?
- Pues por eso mismo, para no preocuparte, seguro que no es nada. Un poco de acidez de estómago, sumado a náuseas y vómitos, al principio pensé que era algo que me había sentado mal. Seguro que es una chorrada, así que tranquila ¿vale? Estoy bien… que a lo mejor estoy embarazado.
- Jajaja, no lo creo. ¿Es algo parecido a lo que me pasó a mi?
- No, no lo tuyo fue porque tu riñón se puso malito. No sé, es como si hubiera comido algo en mal estado, más de estómago.
- ¿Por qué no te quedas en mi casa unos días? Así te puedo cuidar.
- Mmmm, suena tentador, aunque dentro de dos días salgo de viaje otra vez.
- Bueno, pues esos dos días, qué me dices?
- ¿Qué te digo? Jaja. ¿Hace falta contestar? Por supuestísimo que sí.

Al final no sé quien cuidó de quien, porque cuando llegaba a casa, cansada de todo el día, me colmaba de besos, mimos y atenciones. De todos modos cuando lo vi la primera tarde me preocupé mucho, tenía muy mala cara, estaba bastante cansado, tenía manchas marrones en la cara, como las que salen por el sol o la edad, cuando siempre había tenido la piel perfecta, también es que se cuidaba mucho. Me lo encontré dormido en el sofá, se despertó al oírme entrar:

- Hola, vaya, ¿estabas dormido?
- Sí, en tu magnífico sofá, pero tranquila, genial haberme despertado y poder ver de nuevo esos ojitos claros.
- Qué cosas me dices – me incliné para darle un beso – ¿cómo estás? ¿Te has tomado las pastillas?
- Pues mejor, he vomitado después de comer, pero tenía hambre a eso de las 6 y he atracado a tu despensa y mira, dos horas hace ya. Sí, me las he tomado.
- Aaah, ya decía yo que al llegar he oído un llanto desconsolado que venía de la cocina.
- Jojo, ¡qué graciosa!
- ¿Graciosa? Pero si comes como un león, ¡no sé donde lo metes hijo! – dije mientras me levantaba – me voy a dar una ducha.

Comencé a hacerle un strep-tease, y a tirarle la ropa encima, me quité la camiseta, mientras canturreaba “you can leave yout hat on”. Empezó a reírse conmigo comportándose como un troglodita:

- ¡Que suerte tienes nena que esté convaleciente, que te ibas a enterar, pero pedazo hembra!

Le tiré la camiseta a la cara.

- ¡¡Qué bien hueles nenita!! ¡Pero nenaaaaa con ese culo debes mear colonia! – me decía con voz ronca.
- Jajajaja – me sonrojé mucho – así no puedo.

Pero seguí, me quité las zapatillas, me di la vuelta y comencé a quitarme los tejanos y las braguitas mientras movía la cintura. Se quedó más callado entonces.

- Bueno, y aquí lo dejo, me voy a la ducha.
- Me encantas… ¡es que me vuelves loco!
- No te doy un beso, que nos liamos.
- Sí, venga dúchate, que te me vas a resfriar y no quiero.
- Sí… - mientras me iba.
- ¡Silvia!
- ¿¿Qué??
- Bonita - me dijo en un susurro.

Corrí a darle un beso y me fui igual de rápido. Me duché y a la vuelta estaba dormidito en el sofá, sólo me sequé, no me vestí. Flexioné una rodilla y la puse entre su cuerpo y el espaldo del sofá, fui bajando despacito y comencé a besarle. Se despertó despacito.

- Lo siento, no he podido evitar besarte, no podía dejar de pensar en ti cuando el chorrito del agua acariciaba mi clítoris… estoy muy cachonda, ¿sabes? – acercándome a su orejita – y vengo a abusar de ti un rato.
- Mmmmmm.

Bajé la manta, hasta las rodillas, subí una poco su camiseta, hasta el ombligo, luego tiré del cordón de su pantalón de deporte y se lo bajé, me ayudó un poco levantando las caderas. Me puse de rodillas sobre la alfombra y comencé a comérmela, despacito, hasta donde podía, llenando mi boquita, haciendo que sintiera mi humedad, el calor de mi boquita. Lukas sólo podía gemir y resoplar. Dediqué unos minutos a investigar con mi lengua, diferentes zonas, y guiándome por sus gemidos sabía que era lo que le iba gustando más. Entonces lo torturaba un poco e iba a otra zona a probar suerte.

Volví a la posición inicial, la de la rodilla cerca del respaldo, me senté en su vientre comencé a besarle despacito, cogí la manta y me la puse sobre la espalda, hacía frío. Lukas me abrazaba e impedía que me destapara. Fui bajando, y comencé a besarle lascivamente a medida que me iba penetrando. Notaba que tenía una pizca de fiebre aún, y estaba mucho más sensible que otras veces, pensé que se iba a correr ya, paré un poco y me estuve quieta.

Metí mi manita derecha y comencé a acariciarme el clítoris sin moverme, llenita de él. Con eso me bastó para ponerme a tono sin estimularlo más. Cuando comencé a moverme de nuevo estaba muy muy mojada, sentía mis fluidos lubricando todo mi chochito, me movía rozándome y estimulándome con su cuerpo.

Me corrí dulcemente, sin hacer ruido, como casi todo el polvo, no quería excitarlo más con gemidos y jadeos, me lo comí solita. Sólo notó mi respiración agitada en su orejita. Me quedé mirándole a los ojos y él a los míos, se comenzó a correr, primero cerró los ojos, pero luego los abrió y cuando sentí el primer chorro entre abrí los labios con un gesto de sorpresa, aunque esperada, una sorpresa, siguió mirándome, resoplando. Fuimos cómplices de lo que sucedía bajo la manta.

- ¿Sabes algo? – le susurré en la orejita – me encanta que te corras dentro de mi, y luego sentirte durante todo el día, sabiéndote tuya en cualquier lugar.
- Silvia…
- Tienes mi corazón y mi alma, ¿o es que no lo sabías?
- … – tenía la mirada empañada – es que eres lo mejor que me ha pasado nunca, ¿sabes? Daría mi vida por ti.
- Te tienes que cuidar mucho y ponerte bueno, ¿eh? – me tumbé sobre su pecho y él se quedó acariciando mi pelo.

¡SALTA!


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